—¿Dónde estás? —preguntó Damián, y su voz sonó tan calmada que contrastaba violentamente con el caos que yo sentía en el pecho.
Miré a mi alrededor, sintiéndome pequeña entre las cabinas de aquel centro de telefonía trasnochado. ¿Cómo iba a decirle que estaba ahí? Pensaría que estoy loca por no usar mi propio móvil desde el principio.
—Yo... —balbuceé, buscando una excusa que no llegaba.
—Adeline, solo dime dónde estás y voy por ti —insistió él, detectando mi vacilación.
—Oye, no hace falta —in