—Y bien —preguntó él, deslizándome el vaso de agua sobre la encimera—. ¿Puedo saber para qué me necesitas?
Tomé un sorbo largo. El agua estaba al clima, justo como me gustaba. Sentir esa pequeña coincidencia me dio un escalofrío; él conocía mis preferencias incluso mejor que yo misma. Puse el vaso de nuevo en la encimera y lo miré fijamente a los ojos, sin parpadear.
—Quiero saber qué me pasó —solté sin rodeos.
Damián frunció el ceño, como si no terminara de procesar mis palabras. Su cuerpo se