El auto se adentró en la carretera, ganando velocidad a medida que dejábamos atrás la grava de la finca. Me quedé pegada a la ventana, viendo cómo el mundo que conocía —el mundo que amaba y que acababa de fingir redescubrir— se desvanecía en el retrovisor.
Volvieron hacia nosotros los mismos paisajes verdosos del campo. Las montañas se alzaban majestuosas a la distancia, testigos mudos de mi partida. Pasamos junto a los campos dorados donde el trigo se mecía con el viento, y el aire que entraba