Entramos al penthouse. Damián cerró la puerta de seguridad con un sonido sordo que selló el mundo exterior. El apartamento era un santuario. Todo estaba en orden, todo estaba en su lugar, justo como lo habíamos dejado: cojines alineados, superficies pulidas, la luz indirecta creando un ambiente sofisticado. Olía a limpio, a ese desinfectante caro y sutil con notas de rosas y cítricos. Era delicioso y relajante. Y, misteriosamente, era el mismo olor de mi hogar en el campo. Sentí un escalofrío a