Adeline seguía perdida en su propia mente, confundida por el choque de recuerdos que no terminaba de encajar. Mientras tanto, Damián mantenía la guardia alta. Al mirar hacia la barra, notó que el heladero no le quitaba la vista de encima; era una mirada fija, cargada de una advertencia que solo alguien que conoce las calles de Illyria sabría interpretar.
Cuando Damián finalmente captó la señal, el hombre le indicó con un movimiento discreto de cabeza que mirara hacia el exterior. Al asomarse a