Consulté la hora en mi reloj de pulsera; ya pasaban de las tres de la tarde. Miré a Adeline de reojo y me di cuenta de que debía estar agotada. Era casi cruel mantenerla en pie después de todo el recorrido que habíamos hecho bajo el sol de Illyria, especialmente considerando el desgaste físico que el suero estaba provocando en su sistema.
Busqué con la mirada entre el tráfico de la avenida principal y alcé la mano para detener un taxi. Casi de inmediato, un vehículo se detuvo frente a nosotros.