La madrugada se volvió un sudario de escarcha y salitre, pero el frío que calaba los huesos de Damián no era nada comparado con el fuego que empezó a arder en su interior. Se quedó allí, en la popa de la lancha, con la mirada fija en el abismo negro del océano, dejando que la brisa helada terminara de limpiar la autocompasión de su rostro.
Se secó la única lágrima con el dorso de la mano, un gesto brusco, final. La culpa se transformó en una determinación de acero.
—Si funcionó una vez, lo hará