El búnker recuperó una quietud sepulcral. Valentino, con el sudor frío empapando su camisa de seda, se inclinó sobre el rostro pálido de Adeline. La aguja del antídoto aún vibraba clavada levemente en el colchón tras el impacto en el pecho.
Adeline abrió los ojos. El azul eléctrico que antes era caótico ahora se había estabilizado en un tono glacial, una luz fija y analítica que escaneaba el rostro de Valentino como si fuera un código de barras. No había miedo. No había dolor. Solo una efici