Aurora sintió que el aire de la habitación se volvía escaso, asfixiante. El papel entre sus dedos vibraba al ritmo de su pulso acelerado. Las palabras de Valentino —Adeline no puede estar viva— golpearon su mente como un mazo. Entró en un shock emocional profundo; sus manos, las mismas que habían sostenido la daga con precisión quirúrgica bajo el manzano, ahora temblaban violentamente.
No era solo el peso de la muerte; era el peso de la sangre que compartía con la mujer que dormía a solo unos m