Adeline caminó por el sendero de entrada con los zapatos todavía salpicados por la arena de la playa. Había necesitado esos minutos frente al mar para procesar el veneno que Santiago había descubierto en la clínica, buscando la fuerza necesaria para encarar a Ethan. Pero, al cruzar el umbral de la villa, el aire marino fue reemplazado por el olor metálico de la sangre y el aroma acre de los químicos de criminalística.
La casa era un hervidero. Luces azules y rojas rebotaban contra las molduras