El sol de media mañana caía con una fuerza implacable sobre la terraza de la mansión Lombardi, una estructura de cristal y mármol que parecía desafiar las leyes de la gravedad. Valentino estaba sumergido a medias en el agua turquesa de la piscina infinita, apoyando los brazos en el borde mientras contemplaba el horizonte. En una mano sostenía un cóctel de frutas exóticas, coronado con una pequeña sombrilla que parecía burlarse de la seriedad del mundo exterior.
Cuando el teléfono vibró sobre el