El sótano de la clínica de Santiago no figuraba en los planos oficiales del edificio. Era un espacio de hormigón frío, iluminado por una sola bombilla que oscilaba levemente, proyectando sombras deformes sobre las paredes. En el centro, atado a una silla metálica, el atacante de la habitación 402 intentaba recuperar el aliento. Tenía el labio partido y la mirada de un hombre que sabía que no iba a salir de allí por su propio pie.
Santiago entró en la habitación quitándose los guantes de látex m