El despacho de Santiago en la clínica privada era un santuario de cristal y acero, un lugar donde las emociones solían morir ante la lógica de los datos. El suave zumbido del aire acondicionado era lo único que se escuchaba mientras Santiago, todavía con la bata blanca impecable, observaba la pantalla de su computadora de alta resolución. Los resultados del análisis de la pastilla azul y de la muestra de sangre del abuelo habían terminado de procesarse.
Santiago se frotó el puente de la nariz,