El frío de la madrugada calaba hasta los huesos en Valle Serena. El cielo era una bóveda de un azul casi negro, sin rastro del sol, y el silencio solo era interrumpido por el canto lejano de los grillos. Adeline esperaba en el límite de la propiedad, oculta entre las sombras de los árboles, envuelta en su chaqueta y con la capucha cubriéndole la mitad del rostro. En sus manos, apretaba con fuerza la bolsa que contenía los frascos y la cápsula que le había arrebatado a la muerte esa misma noche.