Adeline intentó zafarse con un movimiento brusco, pero Santiago no cedió. Sus dedos eran como grilletes de acero alrededor de su brazo.
—¡Suéltame! —siseó ella, con los ojos inyectados en rabia y dolor—. ¡Ese maldito me las va a pagar! ¡Lo voy a matar con mis propias manos si es necesario!
—Te recomiendo que no seas impulsiva —la cortó Santiago con una frialdad que la hizo estremecer—. Además, encarar a tu primo ahora no hará la reversión del medicamento. Su cuerpo ya tiene suficiente veneno pa