El sonido estridente del teléfono de Damián rompió la frágil burbuja de silencio en el comedor. El aparato vibraba sobre la mesa como un insecto atrapado. Damián miró la pantalla y su mandíbula se tensó imperceptiblemente. Era Santiago.
Damián lanzó una mirada fugaz hacia atrás. Allí estaba Adeline, observándolo con esos ojos cargados de una incertidumbre que le quemaba el pecho. La voz de su hermano al otro lado de la línea sonaba urgente, seca, cargada de esa gravedad que solo los asuntos de