—¡Adeline, la cena está lista! —el grito de Damián llegó desde la sala, cargado de una calidez que resultaba casi surrealista después de la pesadilla en el jardín.
En la habitación, Adeline estaba sentada en el borde de la cama, con la mirada fija en sus propios pies descalzos. Se puso de pie con una lentitud mecánica, como si sus extremidades pesaran más de lo normal. Se alisó el vestido, respiró hondo para intentar disipar el nudo en su garganta y caminó hacia la sala.
Al cruzar el umbral, se