El mundo se reducía a la presión de la mano de Damián subiendo por mi muslo y el calor de su boca devorando la mía. Estábamos al borde, en esa cornisa peligrosa donde la razón se tira al vacío y solo queda el instinto.
Entonces, el sonido de la puerta abriéndose de golpe resonó como un trueno en la habitación silenciosa.
—¡Damián, tienes que firmar la autorización para...!
La voz masculina se cortó en seco.
Mi corazón se detuvo y luego arrancó a latir con un pánico doloroso. Me separé de D