El silencio en el despacho era denso, solo roto por el repiqueteo rítmico de los dedos de Damián sobre el teclado y el crepitar ocasional de la madera asentándose. Llevábamos allí una hora. Él intentaba gobernar su imperio financiero; yo intentaba no aburrirme.
Desde mi posición en el sofá Chesterfield, tenía una vista privilegiada. Damián se había quitado la chaqueta, arrojándola descuidadamente sobre una silla, y se había aflojado la corbata, dejando el primer botón de su camisa blanca desab