Damián me depositó en la cama con una delicadeza que contrastaba brutalmente con la frialdad que le había mostrado a su hermano minutos antes. Tras acomodar mis almohadas, sacó mi teléfono del bolsillo y lo dejó sobre la mesita de noche.
—Úsalo si quieres —dijo, dándome la espalda para quitarse los gemelos de la camisa—. Pero si veo que tus pulsaciones suben, te lo quitaré de nuevo. No es una amenaza, es prescripción médica.
Tomé el dispositivo de inmediato. Mi curiosidad era una picazón que