Sara tragó saliva al alzar la vista, cautiva entre sus manos, su cuerpo respondiendo ya al suyo. El problema era que él era el culpable, pero sabía que no podía culparlo. Él la había cambiado; desde el primer instante en que sus miradas se cruzaron, algo en ella había comenzado a derretirse y a respirar de nuevo. —Lo siento —dijo en voz baja, con seriedad—. Tienes razón. No es tu culpa.
—Claro que no es mi culpa. Si alguien tiene la culpa, eres tú, porque esto, la forma en que me haces sentir,