Darío regresó tarde a la mansión, observó a su esposa sentada en el comedor, con una copa en sus manos.
Se acercó y se la quitó de las manos, ella lo miró, podía notar las lágrimas en su rostro, limpió sus mejillas con cariño.
—Acaso no puedo ser feliz, es mucho pedir.
—¿Es por la bebé?
Ella asiente con la cabeza, se me rompe el corazón, no quiero verla sufrir, no lo tolero.
Pablo es un hombre sin corazón; amenazarla con la beba, fue lo más bajo, no tiene límites.
—No te preocupes, yo las