Mundo ficciónIniciar sesiónLa persona que juro amarla, fue la misma que la traiciono y la dejó sin nada, paso de ser la heredera de la familia Clark a ser una simple empleada. La persona que más odiaba en el mundo, su mayor enemigo, fue el único que acudió en su auxilio. Pero pasó algo que nunca imagino, se enamoró de ese hombre de mirada fría que carecía de emociones. Había terminado en la cama de un hombre comprometido en una noche de copas, jamás imagino que eso marcaría por completo su destino. —Lo mejor será que me marche de tu vida, tú estás comprometido, esto nunca debió de suceder. El hombre la miro y desvío la mirada. —Después de lo que sucedió piensas escapar. —Estaba ebria, Darío, lo lamento, espero seas feliz con tu futura esposa. Sofía salió prácticamente corriendo de la habitación del lujoso hotel, su corazón latía con fuerza, quería pedirle que no se casara, que se quedara con ella, pero no tuvo el valor de hacerlo. No podía arruinar la relación de alguien más, un nudo se formó en su garganta, las lágrimas nublaron su visión, era mejor alejarse y ver a la persona que amaba casarse con alguien más.
Leer másEl problema no era casarse, el problema era casarse con él.
Alexandra Montclair lo observaba con descaro, analizando cada detalle de aquel hombre que el destino —y sobre todo su padre— había puesto frente a ella.
No era feo, de hecho, en sus facciones había cierto potencial… si tan solo se deshiciera de esa coleta ridícula que sujetaba su cabello oscuro, y de esa barba de candado que lo hacía parecer un depredador en potencia.
Lo había conocido apenas dos días atrás, justo después de que el juez dictara la sentencia: un año de servicio comunitario o casarse con el hombre que su padre eligiera.
La decisión había sido casi automática. Alexandra Montclair, la heredera más envidiada de Nueva York, jamás iba a dejarse ver recogiendo basura en las calles como una vulgar criminal.
Ahora estaba allí, frente al altar improvisado en el patio trasero de la mansión Montclair, con decenas de invitados que no eran realmente amigos, sino curiosos deseosos de verla tropezar.
Alexandra sabía perfectamente que todos esperaban lo mismo: que fallara, que cometiera un error, que les diera la excusa perfecta para llamarla caprichosa, malcriada o insufrible.
El juez de paz carraspeó, indicándole que repitiera las palabras del compromiso.
Alexandra alzó la barbilla con altivez y sonrió de manera desafiante, como si aquello fuera una pasarela más y no el día en que su vida se unía a un desconocido.
—Yo, Alexandra Montclair, te tomo a ti… —se detuvo.
El nombre no aparecía por ningún lugar en su memoria.
Rebuscó con rapidez entre todo el archivo mental que guardaba de las aburridas presentaciones con su padre, pero nada. Ni una sola pista. Lo único que recordaba era que tenía un porte demasiado recto, una voz grave que imponía respeto, y unos ojos fríos que no parecían pestañear nunca.
Pero su nombre… absolutamente borrado.
Los murmullos crecieron entre los invitados.
Ella podía sentir cómo los ojos se clavaban en su espalda, listos para reprenderla, para juzgarla, para decir que la mimada hija de Montclair no había cambiado ni un ápice.
La sonrisa de Alexandra se mantuvo, impecable, como la de una actriz entrenada para soportar los flashes de las cámaras.
Fingió que la pausa había sido intencional, que su silencio era un gesto calculado y no un olvido vergonzoso.
Giró apenas los ojos hacia él, hacia ese hombre de pie frente a ella, tan imperturbable que parecía tallado en piedra. Y entonces, como si lo hubiera hecho a propósito, arqueó una ceja.
—Recuérdame tu nombre —susurró, solo lo suficiente para que él lo escuchara, pero lo bastante bajo como para que los demás no supieran si realmente lo había dicho.
Un murmullo nervioso recorrió el salón. Él no se inmutó. Sus labios se movieron con calma, pronunciando su nombre con firmeza, como si estuviera acostumbrado a que nadie lo olvidara jamás.
Y Alexandra, con una media sonrisa victoriosa, repitió:
—… te tomo a ti, Gabriel Strauss, como mi esposo —pronunció finalmente, con una voz clara que retumbó en las paredes del salón privado. Su tono era tan teatral como una obra de Broadway, más propio de una actriz en un escenario que de una mujer en plena ceremonia matrimonial.
El juez asintió satisfecho y le indicó que continuara con el resto de la promesa. Alexandra lo hizo con la misma seguridad arrogante que la caracterizaba:
—Prometo respetarte, amarte y cuidarte en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza… hasta que la muerte nos separe.
Las palabras rodaron por su lengua con una ironía deliciosa. “Riqueza y pobreza”, pensó, reprimiendo una carcajada. Ella jamás sabría lo que era la pobreza, y si Gabriel creía que este matrimonio la iba a transformar en una campesina humilde y devota, estaba muy equivocado.
Las cámaras de los invitados —porque, por supuesto, no faltaban— destellaban una y otra vez, captando cada gesto, cada sonrisa fingida, cada pestañeo de la heredera Montclair.
En la primera fila, algunas mujeres se inclinaban unas hacia otras para cuchichear; los hombres, en cambio, la observaban con la misma fascinación con la que se observa a una fiera salvaje que ha sido puesta en una jaula.
El juez giró hacia Gabriel, y el salón entero contuvo la respiración.
—Yo, Gabriel Strauss, te tomo a ti, Alexandra Montclair, como mi esposa. Prometo amarte, respetarte y cuidarte en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza… hasta que la muerte nos separe.
No hubo titubeos. No hubo teatralidad. Solo verdad.
Sabía que no amaba a esa mujer, y quizás nunca llegara a hacerlo, pero la palabra dada era para él un vínculo sagrado. La mirada de Alexandra lo escrutó con curiosidad, como si buscara algún gesto, alguna grieta en su muralla de acero. No lo encontró.
—Por el poder que me ha sido conferido, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Un murmullo expectante se levantó entre los invitados. Alexandra sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No estaba nerviosa, pero la idea de que Gabriel se acercara con esa seriedad impasible la incomodaba más de lo que quería admitir.
Él, en cambio, se inclinó con calma. No hubo pasión, ni ternura, ni siquiera una pizca de afecto. Fue un beso medido, breve, apenas un roce de labios que parecía más un contrato firmado que una muestra de unión.
—¡Cariño, felicidades! —la voz chillona de su madrastra rompió el murmullo elegante de la sala. Se abrió paso entre los invitados con la determinación de quien se sabe parte de la familia, aunque nunca lo haya sido realmente. Su perfume empalagoso llegó antes que ella, seguido de un abrazo demasiado fuerte, demasiado largo.
—Tú y Gabriel forman una pareja bellísima, espero que ambos tengan un matrimonio duradero —dijo con esa sonrisa de porcelana que jamás había convencido a Alexandra.
Alexandra respondió con la cortesía que la sociedad esperaba de ella. Una sonrisa ensayada, congelada en el rostro, perfecta para la foto, vacía para el corazón.
—Claro… duradero —susurró con ironía, apenas audible.
Soltó el abrazo de la madrastra con delicadeza y buscó con la mirada a su recién estrenado esposo. Gabriel la observaba desde lejos, serio, impenetrable. Con un movimiento en su cabeza la llamó. Alexandra para deshacerse de su madrastra se acercó.
—Es hora de irnos —soltó Gabriel con su voz grave, tajante, como si no hubiera lugar a réplica.
—¿Qué? —Alexandra lo miró incrédula, abriendo los brazos con gesto teatral—. Pero si los invitados aún esperan nuestro primer baile.
Él inclinó apenas la cabeza, sin una pizca de paciencia.
—Escucha, princesita de cristal. Tengo trabajo que hacer y necesito llegar a mi destino.El ceño de Alexandra se frunció de inmediato. No solo por el apodo que la hacía sentir tratada como una niña mimada, sino porque estaba quedando claro que su propia fiesta de bodas no era prioridad para su nuevo esposo.
—Puedes irte tú —respondió con frialdad, cruzándose de brazos—. Yo me quedaré a compartir con mis invitados.
Se dio la vuelta, dispuesta a dirigirse a la gran recepción. Pero Gabriel fue más rápido: tomó su mano con firmeza, sujetándola con la fuerza de alguien que no estaba acostumbrado a que lo desafiaran.
—Tenemos que irnos ya.
—No —Alexandra forcejeó, pero su agarre era como hierro—. Tú eres quien debería irse si tanto le urge hacerlo. Yo me quedaré.
6 MESES DESPUÉS. Sofía corría de un lado al otro, era el cumpleaños de su esposo y quería darle una gran sorpresa.Andrew la ayudaba para asegurarse de que todo estuviera bien. Miró el reloj, eran las cinco de la tarde, su esposo estaba por llegar.Gabriela miraba por la ventana; toda la familia se había reunido para celebrar un evento tan importante.Observó el auto de Darío ingresar lentamente a la propiedad, le dio aviso a todos para que guardaran silencio.Darío iba cargando una carpeta en sus manos, colocó la llave en la cerradura y abrió la puerta.—¡Sorpresa! —gritaron todos a unísono.Darío estaba realmente sorprendido, no podía creer que estuvieran todos reunidos esperándolo, era una sorpresa muy linda. Su esposa se acercó y estampó un beso en sus labios.—Feliz cumpleaños, amor. Te amo, gracias por estar con nosotros, eres realmente importante para todos nosotros.La pequeña se acercó corriendo y elevó sus pequeñas manitas para que él la cargara.Darío levantó a la pequeña
Sofía estaba frente al edificio de su familia; el incendio había consumido en su gran mayoría documentos y algunos muebles. En algunos pisos el daño era menor, solo algunos cables dañados. Sofía había ido a todos los pisos para evaluar los daños. Gabriela se encontraba al lado de su prima, anotando cada detalle; tenían mucho trabajo por hacer esa mañana. Una gran cantidad de sus antiguos empleados de Sofía habían llegado voluntariamente para ayudarla con la limpieza del lugar. Varios periodistas tomaban fotos y otros sacaban sus cámaras para grabar. La heredera de los Clark era una mujer realmente implacable; no se daba por vencida con facilidad. A pesar de todo, seguía en pie, luchando por lo que quería junto a los suyos. Su perseverancia servía de inspiración a muchos en la ciudad. Su esposo había contratado a un experto encargado de evaluar el estado de los pisos, pero según el reporte, no había nada de que preocuparse, solo reparaciones menores y ventanas rotas. Al menos un
Sacó las llaves de la mansión que en algún momento fue suya, las luces estaban apagadas, ingresó por la puerta trasera para evitar ser visto por los policías que custodiaban el sitio.Debía de ingresar como un ladrón; era realmente humillante.—Pablo —escuchó la voz fría de su tío, detrás de él. Se giró lentamente, podía notar la mirada de asesino en serie de su tío; un escalofrío recorrió su espalda. —¿Piensas matarme? —preguntó con algo de nerviosismo. —No, quiero que lo hagas tú mismo, bajo tu maldita desesperación, no eres más que una rata que se arrastra en el suelo sin nada. Pablo sonrió débilmente, la vida era demasiado cruel con él, era irónico, en algún momento lo tuvo todo. —¡No me asustas! —Prefieres que lo haga yo mismo, está bien, pienso torturarte por horas, hasta que supliques por tu vida, tu muerte será peor que la de Erick Clark. Pablo bajó la cabeza, ingresó al lugar, no tenía otra opción. La mansión parecía estar abandonada, subió las escaleras lentamente, m
Pablo estaba en su oficina, esperando una llamada que no había llegado; estaba empezando a impacientarse.Caminaba de un lado al otro en la oficina, acaso algo había salido mal, ¿por qué Linda no se había comunicado con él? Su corazón latía con fuerza, sus manos temblaban ligeramente, había pasado 10 minutos sin ningún tipo de noticia.No podía aguantar tanta espera, pero no podía llamarla. Si algo salía mal, no quería que lo asociaran con la mujer. Revisó las redes sociales y no había nada, pero pronto algo en la televisión llamó su atención.“Noticia de último minuto: la policía ha estado trabajando sin descanso en el caso de la familia Clark, la joven heredera Sofía Clark y su prima Gabriela Clark, había sido secuestradas, se presume que fue por venganza, esta mañana ambas fueron rescatas con vida, en el lugar de los hechos hay tres cadáveres, una de ellas es Patricia Zamora y Linda Rodríguez, hay un tercer cadáver que no ha sido identificado.Después de días de terror, la histor










Último capítulo