UNA NUEVA OPORTUNIDAD PARA AMAR

UNA NUEVA OPORTUNIDAD PARA AMAR ES

Romance
Última actualización: 2024-12-30
CinthiaBrown  Completo
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9.6
12 Reseñas
149Capítulos
119.6Kleídos
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Resumen
Índice

La persona que juro amarla, fue la misma que la traiciono y la dejó sin nada, paso de ser la heredera de la familia Clark a ser una simple empleada. La persona que más odiaba en el mundo, su mayor enemigo, fue el único que acudió en su auxilio.  Pero pasó algo que nunca imagino, se enamoró de ese hombre de mirada fría que carecía de emociones.  Había terminado en la cama de un hombre comprometido en una noche de copas, jamás imagino que eso marcaría por completo su destino.  —Lo mejor será que me marche de tu vida, tú estás comprometido, esto nunca debió de suceder.  El hombre la miro y desvío la mirada.  —Después de lo que sucedió piensas escapar.  —Estaba ebria, Darío, lo lamento, espero seas feliz con tu futura esposa.  Sofía salió prácticamente corriendo de la habitación del lujoso hotel, su corazón latía con fuerza, quería pedirle que no se casara, que se quedara con ella, pero no tuvo el valor de hacerlo.  No podía arruinar la relación de alguien más, un nudo se formó en su garganta, las lágrimas nublaron su visión, era mejor alejarse y ver a la persona que amaba casarse con alguien más. 

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Capítulo 1

TRAICIÓN

El problema no era casarse, el problema era casarse con él.

Alexandra Montclair lo observaba con descaro, analizando cada detalle de aquel hombre que el destino —y sobre todo su padre— había puesto frente a ella.

No era feo, de hecho, en sus facciones había cierto potencial… si tan solo se deshiciera de esa coleta ridícula que sujetaba su cabello oscuro, y de esa barba de candado que lo hacía parecer un depredador en potencia.

Lo había conocido apenas dos días atrás, justo después de que el juez dictara la sentencia: un año de servicio comunitario o casarse con el hombre que su padre eligiera.

La decisión había sido casi automática. Alexandra Montclair, la heredera más envidiada de Nueva York, jamás iba a dejarse ver recogiendo basura en las calles como una vulgar criminal.

Ahora estaba allí, frente al altar improvisado en el patio trasero de la mansión Montclair, con decenas de invitados que no eran realmente amigos, sino curiosos deseosos de verla tropezar.

Alexandra sabía perfectamente que todos esperaban lo mismo: que fallara, que cometiera un error, que les diera la excusa perfecta para llamarla caprichosa, malcriada o insufrible.

El juez de paz carraspeó, indicándole que repitiera las palabras del compromiso.

Alexandra alzó la barbilla con altivez y sonrió de manera desafiante, como si aquello fuera una pasarela más y no el día en que su vida se unía a un desconocido.

—Yo, Alexandra Montclair, te tomo a ti… —se detuvo.

El nombre no aparecía por ningún lugar en su memoria.

Rebuscó con rapidez entre todo el archivo mental que guardaba de las aburridas presentaciones con su padre, pero nada. Ni una sola pista. Lo único que recordaba era que tenía un porte demasiado recto, una voz grave que imponía respeto, y unos ojos fríos que no parecían pestañear nunca.

Pero su nombre… absolutamente borrado.

Los murmullos crecieron entre los invitados.

Ella podía sentir cómo los ojos se clavaban en su espalda, listos para reprenderla, para juzgarla, para decir que la mimada hija de Montclair no había cambiado ni un ápice.

La sonrisa de Alexandra se mantuvo, impecable, como la de una actriz entrenada para soportar los flashes de las cámaras.

Fingió que la pausa había sido intencional, que su silencio era un gesto calculado y no un olvido vergonzoso.

Giró apenas los ojos hacia él, hacia ese hombre de pie frente a ella, tan imperturbable que parecía tallado en piedra. Y entonces, como si lo hubiera hecho a propósito, arqueó una ceja.

—Recuérdame tu nombre —susurró, solo lo suficiente para que él lo escuchara, pero lo bastante bajo como para que los demás no supieran si realmente lo había dicho.

Un murmullo nervioso recorrió el salón. Él no se inmutó. Sus labios se movieron con calma, pronunciando su nombre con firmeza, como si estuviera acostumbrado a que nadie lo olvidara jamás.

Y Alexandra, con una media sonrisa victoriosa, repitió:

—… te tomo a ti, Gabriel Strauss, como mi esposo —pronunció finalmente, con una voz clara que retumbó en las paredes del salón privado. Su tono era tan teatral como una obra de Broadway, más propio de una actriz en un escenario que de una mujer en plena ceremonia matrimonial.

El juez asintió satisfecho y le indicó que continuara con el resto de la promesa. Alexandra lo hizo con la misma seguridad arrogante que la caracterizaba:

—Prometo respetarte, amarte y cuidarte en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza… hasta que la muerte nos separe.

Las palabras rodaron por su lengua con una ironía deliciosa. “Riqueza y pobreza”, pensó, reprimiendo una carcajada. Ella jamás sabría lo que era la pobreza, y si Gabriel creía que este matrimonio la iba a transformar en una campesina humilde y devota, estaba muy equivocado.

Las cámaras de los invitados —porque, por supuesto, no faltaban— destellaban una y otra vez, captando cada gesto, cada sonrisa fingida, cada pestañeo de la heredera Montclair.

En la primera fila, algunas mujeres se inclinaban unas hacia otras para cuchichear; los hombres, en cambio, la observaban con la misma fascinación con la que se observa a una fiera salvaje que ha sido puesta en una jaula.

El juez giró hacia Gabriel, y el salón entero contuvo la respiración.

—Yo, Gabriel Strauss, te tomo a ti, Alexandra Montclair, como mi esposa. Prometo amarte, respetarte y cuidarte en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza… hasta que la muerte nos separe.

No hubo titubeos. No hubo teatralidad. Solo verdad.

Sabía que no amaba a esa mujer, y quizás nunca llegara a hacerlo, pero la palabra dada era para él un vínculo sagrado. La mirada de Alexandra lo escrutó con curiosidad, como si buscara algún gesto, alguna grieta en su muralla de acero. No lo encontró.

—Por el poder que me ha sido conferido, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.

Un murmullo expectante se levantó entre los invitados. Alexandra sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No estaba nerviosa, pero la idea de que Gabriel se acercara con esa seriedad impasible la incomodaba más de lo que quería admitir.

Él, en cambio, se inclinó con calma. No hubo pasión, ni ternura, ni siquiera una pizca de afecto. Fue un beso medido, breve, apenas un roce de labios que parecía más un contrato firmado que una muestra de unión.

—¡Cariño, felicidades! —la voz chillona de su madrastra rompió el murmullo elegante de la sala. Se abrió paso entre los invitados con la determinación de quien se sabe parte de la familia, aunque nunca lo haya sido realmente. Su perfume empalagoso llegó antes que ella, seguido de un abrazo demasiado fuerte, demasiado largo.

—Tú y Gabriel forman una pareja bellísima, espero que ambos tengan un matrimonio duradero —dijo con esa sonrisa de porcelana que jamás había convencido a Alexandra.

Alexandra respondió con la cortesía que la sociedad esperaba de ella. Una sonrisa ensayada, congelada en el rostro, perfecta para la foto, vacía para el corazón.

—Claro… duradero —susurró con ironía, apenas audible.

Soltó el abrazo de la madrastra con delicadeza y buscó con la mirada a su recién estrenado esposo. Gabriel la observaba desde lejos, serio, impenetrable. Con un movimiento en su cabeza la llamó. Alexandra para deshacerse de su madrastra se acercó. 

—Es hora de irnos —soltó Gabriel con su voz grave, tajante, como si no hubiera lugar a réplica.

—¿Qué? —Alexandra lo miró incrédula, abriendo los brazos con gesto teatral—. Pero si los invitados aún esperan nuestro primer baile.

Él inclinó apenas la cabeza, sin una pizca de paciencia.

—Escucha, princesita de cristal. Tengo trabajo que hacer y necesito llegar a mi destino.

El ceño de Alexandra se frunció de inmediato. No solo por el apodo que la hacía sentir tratada como una niña mimada, sino porque estaba quedando claro que su propia fiesta de bodas no era prioridad para su nuevo esposo.

—Puedes irte tú —respondió con frialdad, cruzándose de brazos—. Yo me quedaré a compartir con mis invitados.

Se dio la vuelta, dispuesta a dirigirse a la gran recepción. Pero Gabriel fue más rápido: tomó su mano con firmeza, sujetándola con la fuerza de alguien que no estaba acostumbrado a que lo desafiaran.

—Tenemos que irnos ya.

—No —Alexandra forcejeó, pero su agarre era como hierro—. Tú eres quien debería irse si tanto le urge hacerlo. Yo me quedaré.

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Adriana Juric
está en proceso o está terminada pregunto porque por los comentarios pareciera terminada pero dice en proceso
2025-04-15 00:22:03
0
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Maria Magdalena Sierra Guerrero
muy buena la novela , aunque había momentos de impotencia de tanta maldad q tenía el coprotagonista de está historia, muchas gracias a la escritora
2025-04-03 05:31:51
1
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Ana Santos
super me encanto gracias por compartir tus hermosas historias con nosotras ,muchisimas felicidades y mucho exito en tu vida
2025-01-18 10:48:49
0
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Elena Turco
me gustó la trama también me gusta que no tenga tantos capítulos gracias
2025-01-03 08:12:09
5
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Ana Garcia
me encantó le diste un buen final
2024-12-31 07:32:19
1
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Elena Sánchez
Me gustó, no muy larga y sin tanta maldad ni matones escondidos para alargarla. Gracias.
2024-12-31 06:23:03
2
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Elba Piñate
Amiga es buena la novela pero xfa no la hagas tan larga que después aburre
2024-12-26 01:25:40
3
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Adriana Juric
por favor responde a las preguntas
2024-12-09 09:17:15
1
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Adriana Juric
será larga de cuántos capítulos aproximados ? espero respuesta
2024-12-06 04:06:17
1
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Berenice Hernández
Hola buen día!! Escritora una pregunta, irá a estar muy larga la historia? Para ir leyendo oh esperar a que esté terminada?? Gracias ...️ me está gustando la trama ......
2024-12-02 02:27:44
4
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Tere Villalobos
me encanta, esperando actualizaciones
2024-11-26 15:02:50
0
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Zara Genez de Rodríguez
me gusto tiene un lindo final
2025-01-07 15:34:43
1
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