El sonido del viento entre los pinos del mirador, que apenas unos minutos antes parecía un susurro cómplice y protector, se transformó de repente en un silbido gélido y hostil. El eco de la voz desesperada de Nelly a través de la bocina del teléfono seguía flotando en el aire húmedo de la montaña, congelando cualquier rastro de la pasión que casi los consume sobre la capota tibia del sedán negro.
Lia, con el corazón latiéndole en la garganta y la blusa de seda aún ligeramente desacomodada, miró