Lia lo miró con una mezcla de compasión y un dolor sordo en el pecho.
—Lo entiendo, señor... —susurró, intentando una vez más estirar la mano para arrebatarle el alcohol—. Pero la bebida no va a resolver sus problemas de la junta ni las exigencias de Don Simón. Por favor, deme la botella.
Adrián la alejó de nuevo, pero esta vez la miró con una chispa desafiante en sus ojos verdes.
—Bebe conmigo entonces. Si tanto te preocupa que beba solo, acompáñame.
Lia, sabiendo que discutir con un Adrián eb