Adrián permaneció de rodillas sobre las baldosas, sintiendo el peso del agua en su ropa y un vacío inexplicable en el pecho. Observó la escena en silencio, masticando una frustración amarga al ver cómo su primo Fabián ocupaba con naturalidad el lugar de protector que, por alguna razón que su mente se negaba a procesar, sentía que le pertenecía a él.
Sin embargo, el mandato de su propia obsesión lo frenaba. Toda su energía de las últimas semanas se había concentrado en una sola meta: encontrar a