Lia se quedó de piedra, sintiendo que la humillación se transformaba en una costra de hielo en su pecho. Levantó la mirada lentamente, clavando sus ojos castaños en los de Irma con una fijeza que descolocó por un segundo a la prometida. No dijo una sola palabra; se limitó a sostenerle la mirada con una dignidad silenciosa que obligó a Irma a retroceder.
Irma forzó una última risa triunfal, dio la vuelta sobre sus tacones de aguja y entró al ascensor privado. Las puertas de metal se cerraron, ll