Lia se enderezó de golpe, con el corazón latiéndole con una fuerza desbocada en la garganta. A través de la abertura casi imperceptible de la puerta de madera que no había cerrado por completo, el sonido se hizo más nítido, más real y espantosamente cercano.
Adrián tenía a Irma sobre la imponente mesa de caoba. La había colocado boca abajo, levantando la tela de su costoso vestido blanco, y la poseía con una urgencia brutal, casi violenta, desprovista de cualquier atisbo de ternura. Era un acto