La peluca roja la saqué del clóset de mamá y sé que me mataría de saberlo, pero solo de imaginar su cara si supiera para qué la uso me da risa. Es lo más divertido que le he sacado a esa mujer en diez años, y ni siquiera se va a enterar.—Estamos a punto de llegar, señorita —dice el taxista, y eso me devuelve a la realidad.Ah, sí. La realidad. Esa donde voy camino a un burdel de lujo a rematar mi virginidad como quien vende el carro antes de que llegue el banco a llevárselo. Sé que es una locura. También sé que es lo único mío que nadie firmó por mí esta semana, así que aquí estoy.Bajo del taxi, me acomodo las gafas que me tapan media cara, y al enderezarme me veo en el vidrio del edificio. Enorme, elegante, de esos que te miran por encima del hombro, aunque sean solo ladrillos.Y en el reflejo no estoy yo. Está mi madre a los veinte.Qué considerada la genética, regalarme la cara de la última persona que no quiero ver justo ahora. La misma boca, el mismo cuello, todo idéntico, meno
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