Mundo ficciónIniciar sesiónLlevo dieciséis años sin firmar nada que venga de mi padre, y esta noche su sonrisa de triunfo al mirarme me dice que quiere que firme algo. Todavía no sé con qué. Pero me mandó llamar a su estudio un martes a las siete, y ese hombre no gasta una llamada si no tiene ya la soga cortada a mi medida.
Me hace esperar de pie y es lo primero que hace siempre, dejarme parado del otro lado del escritorio como al que viene a pedir trabajo, y firma papeles que podría firmar mañana solo para que yo mire cómo se toma su tiempo.
—Te vas a casar —dice, sin levantar los ojos del papel.
—De que demonios hablas.
—El sábado conoces a tu prometida y la boda es en nueve días.
Deja la pluma. Junta las manos. Y por fin me mira, con esa calma de hombre al que nunca pierde en una negociación.
—Ya está todo arreglado.
—Arreglado por ti, pero eso no quiere decir que yo acepte.
—Perdiste la posibilidad de decidir el día que aceptaste que no podías vivir sin lo mío.
Directo, sin aviso, exactamente donde duele, tengo 30 años y mi padre todavía sabe golpearme donde duele.
—No necesito nada tuyo.
—¿No?
Abre el cajón, saca una carpeta y la empuja hasta el borde del escritorio, colgando, de manera que si la quiero tenga que dar un paso y estirarme por ella como un perro.
—Sin la boda, todo vuelve al banco en tres semanas —dice—. Si aceptas la boda, te dejo mi herencia y yo desaparezco de tu vida. Para siempre. ¿No es lo que querías?
No abro la carpeta. No hace falta. Sé lo que hay dentro, las acciones de su empresa y propiedades, y en el medio, disimulada entre lo demás como un renglón más, la empresa que fue de la familia de mi madre. La única cosa en este mundo que siempre quise tener y él se negó a entregarme.
—Estás usando a mi madre para negociar conmigo.
Ni parpadea.
—Tu madre está muerta, pero su empresa es mía, decide rápido no tengo todo el día.
Reprimo las ganas de golpear a mi padre, mi madre se suicidó conmigo en el asiento del pasajero y ahora el maldito de mi padre la usa para chantajearme, no se si reírme o escupirle a la cara, pero al final solo le dé vuelvo la mirada con frialdad.
Y él lo ve.
Claro que lo ve. Para eso lo dijo. Se le mueve algo en la comisura, una arruga finita, casi una sonrisa, la cara del hombre que sabe usar las debilidades de otros a su favor. No dice nada. No le hace falta. Ya logro lo que quería, y me queda claro que después de dieciséis años todavía tiene la llave de ese cuarto y la puede girar cuando se le antoje.
Y yo aquí, de pie, tragándome mi orgullo decido aceptar un matrimonio que no quiero, solo para tener una empresa que no vale mucho, pero que significa mucho.
—¿Quién es ella? —La voz me sale áspera.
—La hija de una vieja amiga. Buena familia, hasta que se murió el padre y las dejo en la ruina. —Se encoge de hombros, como si me hablara del clima—. Le conviene tanto como a ti. Puede que más.
—No me interesa que le convenga.
—A ti no te interesa nada. —Y ahí sí sonríe, del todo, tranquilo—. Por eso vas a ser el marido perfecto para una mujer que tampoco te va a querer. Dos piedras. Se van a entender.
Debería odiarlo más que nunca en este segundo y en cambio pienso, con una frialdad que me asusta, que tiene razón, el maldito viejo siempre tiene razón y aunque él cree que me está poniendo la cadena.
No se le ocurre, no le cabe en la cabeza, que en el instante en que yo ponga mi nombre en ese papel, lo de mi madre deja de ser de él y pasa a ser mío. Para siempre. Que llevo dieciséis años esperando que se equivoque así. Él cree que me compra. Y lo que no sabe es que yo lo estoy dejando pagar por lo único que me mantenía bajo su dominio.
Los dos creemos que estamos usando al otro. Uno se equivoca. Esta vez no soy yo.
—Dame la pluma.
Me la pasa antes que la carpeta, y le brillan los ojos al hacerlo, y ese brillo casi me hace arrepentirme solo por borrárselo. Abro los papeles. Paso las hojas de la herencia hasta el acuerdo, y ahí está el renglón vacío, esperándome, con un nombre de mujer arriba que no significa nada para mí.
Un nombre. Nada más, alguna niña mimada que esta siendo acorralada paran o perder su estatus, luego me encargo de ella.
Paso las páginas hacia atrás buscando lo demás, y no hay foto, solo la edad, un domicilio, unos años afuera, y ni una sola imagen de la mujer con la que me caso en nueve días. Espero sentir algo. Curiosidad, rabia, cualquier cosa. No siento nada, y eso casi me alivia porque solo la necesito callada lo que dure la farsa, no hace falta mirarla a los ojos.
Firmo.
La pluma raspa el papel y ya está. Dieciséis años cabían en tres segundos. Cierro la carpeta y la empujo de vuelta, y mi padre la recoge, la guarda en el cajón, y cierra con llave despacio, mirándome, para que yo oiga el clic.
—Vas a agradecérmelo —dice.
Y es tan exacto, tan suyo, que casi suelto una risa amarga. Porque juraría que hay alguien más en esta ciudad, esta misma noche, oyendo esas mismas tres palabras en esa misma voz. Alguien tan acorralado como yo, firmando lo mismo, sin saber que del otro lado del contrato hay un desconocido que ya decidió no mirarle nunca la cara.
Me levanto. No le doy la mano.
—El sábado.
Salgo antes de que conteste. En el pasillo, lejos de su puerta, me apoyo en la pared y por fin dejo entrar el aire que no me dejé respirar adentro, hondo, hasta que me duele, hasta que la mano deja de temblar. La cicatriz sigue latiendo. Siempre late cuando él la nombra sin nombrarla, cuando dice "tu madre" con la misma boca que la empujó a suicidarse.
Cierro los ojos un segundo. Y por primera vez en la noche pienso en ella, en la desconocida del nombre sin cara, y siento algo parecido a la lástima. Pobre mujer, la que sea. La están entregando a un hombre que jamás podrá quererla.







