CAPÍTULO 5 RENATA

En el auto mi madre no arranca el motor de inmediato, y ese silencio suyo lo conozco, es el que junta aire antes de la tormenta, así que me abrocho el cinturón y espero el golpe mirando por la ventana las luces del restaurante donde acabo de conocer al hombre que me van a poner de marido.

—¿Se puede saber qué fue esa payasada de allá adentro?

Y ahí viene.

—No hice nada, madre.

—¿Nada? —Suelta una risa seca, de esas sin una gota de gracia—. Le hablaste a Federico y a su hijo como si estuvieras haciéndoles un favor a ellos. La niña rebelde, la mártir con el vestido oscuro, muy digna. ¿Crees que no te vi la cara toda la noche?

Aprieto los dientes y sigo mirando la ventana, porque sé que cualquier cosa que diga la va a usar de leña, y ella lo toma como lo que es, como que no pienso pelear, y eso la envalentona.

—Escúchame bien, porque esto lo digo una sola vez. —Se gira hacia mí, y le veo los labios todavía rojos moviéndose en la penumbra—. Esa boda se hace y se hace en paz. No vas a poner esa cara de entierro en la iglesia, no vas a soltarle a nadie tus comentaritos, y vas a sonreír en cada foto como si fueras la mujer más feliz del mundo, porque de esa función depende todo, ¿me oíste? Todo.

—Ya dije que me caso. No sé qué más quieres.

—Quiero que entiendas lo que estás ganando, que es lo que nunca has sabido hacer. —Y baja la voz, la vuelve casi dulce, que es cuando más peligrosa se pone—. Pórtate bien, cierra la boca y haz tu papel, y cuando la empresa de tu padre quede libre de deudas, la administras tú. Tú, Regina. Todo lo que él construyó, en tus manos. ¿No era eso lo que llorabas? ¿No querías algo de él?

Y ahí me da donde sabe que duele, porque usa a mi padre otra vez, lo saca del cajón cada vez que necesita moverme, y por dentro se me revuelve todo de rabia, la imagino con las dos manos alrededor de ese cuello de perlas apretando hasta que se le borre esa calma, pero por fuera no le doy nada, ni una lágrima, ni un temblor, solo vuelvo la cara a la ventana.

—Qué generosa —murmuro—. Me devuelves lo de mi papá a cambio de venderme. Suena justo.

—Suena a que por fin vas creciendo. —Arranca el auto—. Piénsalo así, todas terminamos vendiéndonos por algo. Yo por lo menos te conseguí buen precio.

No le contesto. No hay con qué contestarle a una mujer así, y me paso el resto del camino en silencio, con las uñas clavadas en la palma, pensando que hay una sola cosa en toda esta semana que ella no va a manejar, una sola que es mía, y que falta poco para cobrármela.

***********

Los días se me escurren como agua sucia por un desagüe, rápido y sin ganas de mirar, entre pruebas de vestido y almuerzos con desconocidos y la sonrisa de porcelana que aprendí a ponerme para que mi madre no tenga de qué quejarse, y entonces, sin darme cuenta de cómo, es viernes.

La noche.

Entro por la puerta de atrás a las nueve, como me dijeron, con la peluca roja y las gafas bien puestas. Me reciben dos mujeres que no hablan de más, me llevan a un cuarto de espejos, y durante una hora me convierten en alguien que no soy: me visten con una seda y encaje, me pintan, me sueltan el pelo, y al final me atan un antifaz negro que me tapa de la frente a los pómulos con un nudo firme por detrás.

Mi cuerpo entero tiembla, una parte de mi aun quiere salir de aquí, pero no puedo arrepentirme o sí. Me miro y no me reconozco, y eso, por primera vez en la noche, me calma, porque si ni yo me reconozco, nadie va a poder.

Me llevan a una sala, es oscura, larga, y me dejan de pie sola en el centro, sobre una especie de tarima baja, bajo una luz tenue que cae solo sobre mí. Al principio creo que estoy sola, hasta que se me acostumbran los ojos y entiendo dónde estoy, y se me hiela la sangre. Alrededor, en las paredes, hay cabinas. Muchas. Ventanas oscurecidas, vidrios que no dejan ver hacia adentro, pero desde donde, lo sé, me están mirando, hombres que yo no puedo ver pero que a mí me ven completa, parada ahí, iluminada como una joya en una vitrina.

Trago. Se me seca la boca. Nunca en la vida me sentí tan expuesta y la duda reaparece, respiro y sonrió ya no puedo retroceder. Frente a mí, se enciende una pantalla. Cifras que empiezan a subir, una debajo de otra, cada una más alta que la anterior, y me toma un segundo entender que soy yo, que ese número que trepa es lo que están ofreciendo por mí en este instante, en vivo, mientras hombres sin rostro deciden desde sus cabinas cuánto vale una noche con la mujer de la tarima.

La cifra pasa la que yo pedí en cuestión de segundos, y sigue.

Sigo parada bajo esa luz, hasta ahora todo era una idea, un plan, una rebeldía en abstracto, y de golpe es real, hay hombres reales pujando por mí y en unos minutos uno de ellos va a ganar y yo voy a tener que cruzar una puerta y quedarme a solas con quien sea que haya pagado más. Y no sé quién es. No sé nada. Podría ser un viejo de la edad de mi padre muerto o ser uno de esos que pagan de más justamente porque quieren cosas que nadie más les hace, podría ser cualquier pesadilla, y yo me metí aquí solo por llevarle la cuartada a mi madre.

El número sube. Se detiene. Sube otra vez, de golpe, un salto enorme, casi el doble de lo que pedí, como si alguien hubiera decidido acabar con la puja de un manotazo para que nadie más se atreva.

Silencio.

La pantalla parpadea. El número se congela en esa cifra altísima, y aparece una sola palabra debajo, en letras blancas.

Vendida.

Se me va el aire. Alguien ganó. Alguien acaba de pagar por mí el doble de lo que yo creí que valía esta locura, y ahora es real del todo, ya no hay pantalla ni puja ni tarima, ya solo queda la puerta.

Una de las mujeres aparece a mi lado y me toma del codo con suavidad, y yo me dejo llevar porque las piernas olvidaron cómo se camina y mientras me guía por el pasillo en penumbra rezo, rezo de verdad, yo que hace años no le pido nada a nadie, rezo que no sea un viejo, que no sea un enfermo, que quien esté detrás de esa puerta al menos no me dé asco, al menos no me haga daño.

—Recuerde las reglas —me dice la mujer al llegar—. Sin luz. Sin palabras. Cuando quiera que termine, se levanta y se va, nadie la detiene y si por alguna razón él se propasa solo debe gritar y la seguridad la sacara de ahí.

Asiento, porque la voz no me sale.

Abre la puerta, me da un empujoncito suave en la espalda, y la cierra detrás de mí.

Y ya no puedo echarme atrás.

La habitación está en penumbra, no negra del todo, hay un resplandor bajo, cálido, y cuando los ojos se me ajustan lo veo, y algo en el pecho se me suelta de puro alivio, porque el hombre que me espera sentado al borde de la cama no es ninguna de mis pesadillas. Es joven. Es alto, de hombros anchos, y hasta en esta media luz se le nota que es guapo, de esos que no tendrían por qué pagar por nadie, y por un instante me pregunto qué hace un hombre así comprando una noche a ciegas, pero el pensamiento se me va tan rápido como llega.

Porque el miedo no se fue del todo. Sigue ahí, en las rodillas, en las manos que no sé dónde poner, pero ahora convive con otra cosa, con la certeza de que ya estoy aquí, de que fui yo la que decidió esto, y de que, si algo en toda mi vida iba a ser mío y de nadie más, es esta noche. Así que respiro hondo, junto lo que me queda de valor, y decido cumplir.

Doy un paso. Después otro.

Llego hasta él y es él quien levanta una mano despacio, rozando apenas mi brazo. Su tacto es firme pero suave, y esa delicadeza inesperada me desarma más que cualquier brusquedad. Asiento en la oscuridad, aunque no sé si me ve, y él lo entiende. Sus manos se deslizan desde mis brazos hasta mis hombros, y me atrae lentamente hacia él. Siento el calor de su cuerpo antes de tocarlo, una radiación que me envuelve y me hace temblar de una forma que no tiene nada que ver con el miedo. Cuando mis pechos rozan su pecho, una descarga eléctrica recorre mi cuerpo y contengo la respiración.

Me inclina hacia atrás con una suavidad que me sorprende, y su boca encuentra mi cuello. No es besos apurados ni mordiscos posesivos, sino caricias cálidas y húmedas que me hacen perder el norte. Sus labios recorren la línea de mi mandíbula, la curva de mi clavícula, y cada beso parece decir "tengo tiempo, tengo todo el tiempo del mundo". Sus manos exploran mi espalda con una paciencia que no le pedí y que no sabía que necesitaba, trazando la línea de mi columna vertebral hasta llegar al cierre de mi vestido.

Cuando siente que me relajo, una de sus manos se desliza hacia adelante, sobre el terciopelo del vestido, hasta encontrar la redondez de mi pecho. Lo acaricia con la palma, sin prisas, sintiendo el peso y la forma a través de la tela, y solo cuando siento que mis pezones se endurecen contra el encaje, sus dedos encuentran la apertura y deslizan dentro.

El contacto directo de su piel con la mía me provoca un gemido que no puedo contener. Su pulgar roza mi pezón, haciéndolo endurecer más, mientras que su boca desciende por mi esternón, abriéndose paso entre el encaje de mi vestido hasta encontrar el otro pecho. La combinación de su boca caliente y su mano experta me hace arquear contra él, buscando más de ese placer que no sabía que podía existir.

"Por favor" susurro, rompiendo mi propia regla del silencio, pero él parece entender que no es un rechazo sino una rendición.

Me levanta con facilidad, como si no pesara nada, y me acuesta en la cama. La penumbra se convierte en nuestra cómplice, permitiéndonos ver siluetas y sombras, pero no detalles. Se aparta un instante, y oigo el susurro de la ropa al caer, y entonces vuelve a mí, esta vez desnudo.

Su cuerpo es una obra de arte que solo puedo adivinar con mis manos y mi piel. Hombros anchos, pecho firme, abdomen marcado, y cuando mis dedos exploran más abajo, encuentro algo bajo la palma, una línea, un relieve, una cicatriz larga y vieja que le cruza la piel. Me detengo ahí sin pensar, la recorro apenas, y lo siento tensarse un instante, como si nadie le tocara eso nunca, como si le hubiera hallado sin querer una herida que no le enseña a nadie. No pregunto, no puedo, así que solo dejo la mano quieta un momento, después la subo otra vez, y él vuelve a respirar, y vuelve a mí.

Se arrodilla entre mis piernas, y su mirada, aunque apenas puedo distinguirla en la penumbra, me quema. No es una mirada de lujuria, sino de admiración, como si estuviera descubriendo un tesoro. Sus manos recorren mis muslos, mis rodillas, mis tobillos, y luego suben de nuevo, esta vez por el interior, despacio, despacio, hasta llegar al centro de mi calor.

Sus dedos me exploran con una delicadeza que roza la tortura. No entra de inmediato, sino que juega conmigo, trazando círculos alrededor de mi entrada, acariciando los pliegues húmedos, encontrando el pequeño botón de mi placer y estimulándolo hasta que mis caderas se levantan solas, buscando más. Cuando finalmente introduce un dedo, luego dos, mi cuerpo responde con una contracción que me deja sin aliento.

Se inclina y su boca reemplaza a sus manos. Su lengua es experta, juguetona, insistente, y cuando la siente entrar en mí, mis piernas se abren más, dándole acceso total a mi cuerpo y a mi alma. Me lleva al borde del abismo una y otra vez, hasta que estoy gimiendo sin control, con las manos aferradas a las sábanas, con los ojos cerrados tan fuerte que veo estrellas.

"Por favor" ruego, sin saber exactamente qué le pido, si que pare o que nunca pare.

Entra despacio, con una paciencia que me hace llorar. Hay una resistencia inicial, un pinchazo agudo que me hace cerrar los ojos, pero él se detiene, esperando a que mi cuerpo se acostumbre a él. Cuando siente que me relajo, continúa su avance, llenándome, estirándome, hasta que está completamente dentro de mí.

Nos quedamos así un momento, unidos, sin movernos, escuchándonos respirar.

Empieza a moverse, lentamente al principio, con movimientos largos y profundos que me hacen arquear contra él. Cada embestida me lleva más alto, cada retirada me hace desear su regreso. Sus manos exploran mi cuerpo mientras lo mío explora el suyo, encontrando cada músculo, cada hueso, cada cicatriz que cuenta una historia que no podré escuchar.

Sus labios encuentran los míos en un beso que no es ni delicado ni brutal, sino hambriento, desesperado, como si también él estuviera buscando algo que no supiera que necesitaba.

Mi orgasmo me toma por sorpresa, explotando desde el centro de mi ser y extendiéndose por cada fibra de mi cuerpo. Él sigue moviéndose, prolongando mi éxtasis, hasta que siento que se endurece dentro de mí, que su ritmo se vuelve errático, y con un gemido ahogado, libera su calor dentro de mí.

Después, cuando todo se calma y quedamos ahí, en ese silencio tibio, con su respiración serenándose despacio junto a la mía, siento algo que no esperaba, algo que se parece peligrosamente a la tristeza. Porque sé que en unos minutos me voy a levantar, voy a cruzar esa puerta, y no voy a saber nunca quién fue. Nunca le vi la cara entera. Nunca le oí la voz. Y aun así acabo de tener con este desconocido lo más parecido a la ternura que he tenido en toda mi vida, y lo compré, y se acaba aquí.

Me quedo quieta más de lo que debería, robándole al reloj unos minutos que no me tocan, escuchándolo respirar, aprendiéndome ese sonido, aunque no me sirva para nada. Y entonces, antes de arrepentirme, antes de que se me ocurra la locura de quedarme, me levanto en silencio, busco mi ropa a tientas, y me visto en la penumbra dándole la espalda a la forma inmóvil que sigue en la cama.

No me detiene. Ese era el trato.

Abro la puerta, la luz del pasillo me lastima los ojos, y no miro atrás, porque si miro atrás no sé si soy capaz de irme.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP