Mundo ficciónIniciar sesiónLa peluca roja la saqué del clóset de mamá y sé que me mataría de saberlo, pero solo de imaginar su cara si supiera para qué la uso me da risa. Es lo más divertido que le he sacado a esa mujer en diez años, y ni siquiera se va a enterar.
—Estamos a punto de llegar, señorita —dice el taxista, y eso me devuelve a la realidad.
Ah, sí. La realidad. Esa donde voy camino a un burdel de lujo a rematar mi virginidad como quien vende el carro antes de que llegue el banco a llevárselo. Sé que es una locura. También sé que es lo único mío que nadie firmó por mí esta semana, así que aquí estoy.
Bajo del taxi, me acomodo las gafas que me tapan media cara, y al enderezarme me veo en el vidrio del edificio. Enorme, elegante, de esos que te miran por encima del hombro, aunque sean solo ladrillos.
Y en el reflejo no estoy yo. Está mi madre a los veinte.
Qué considerada la genética, regalarme la cara de la última persona que no quiero ver justo ahora. La misma boca, el mismo cuello, todo idéntico, menos que ella lo usa para sonreírles a los invitados en el velorio de su marido y yo lo estoy usando para esto. Me bajo la peluca hasta las cejas y entro rápido, antes de que el reflejo me dé más consejos.
Y adentro pienso que me equivoqué de dirección.
Porque esto no parece un prostíbulo. Parece la recepción de un hotel al que yo no podría pagarle ni el jarrón, y hay uno enorme, lleno de flores frescas, presidiendo la sala como si aquí nadie supiera a qué vienen las mujeres como yo. Todo huele caro, y pienso que un lugar tan limpio tiene que esconder algo muy sucio, porque así es todo lo caro que conozco.
Una mujer de traje se me acerca con sonrisa de vendedora de joyas y me pregunta en qué me puede ayudar. No me sale decirlo en voz alta. Le muestro el anuncio en el teléfono y se lo susurro, que vengo a subastar mi virginidad, y las palabras me saben raras, como si las dijera otra en mi lugar.
A ella se le ilumina la cara, como si le hubiera dicho que traje efectivo. Habla por teléfono en voz bajita sin quitarme los ojos de encima, me señala un sillón, me siento y meto las manos en los bolsillos, porque me tiemblan, y nada dice "sé lo que hago" como una virgen temblando en terciopelo.
Cuelga, viene por mí, y la sigo por un pasillo que se traga mis pasos hasta una oficina sin ventanas. Ahí me espera otra, y con solo verla entiendo que la de la entrada era la vitrina y esta es la caja fuerte.
Mayor, traje oscuro, anillos en casi todos los dedos, y unos ojos que me recorren de arriba abajo una sola vez y ya saben más de mí de lo que yo quisiera. No sonríe. Me señala la silla de enfrente, cruza las manos sobre el escritorio, espera como si el tiempo lo estuviera perdiendo yo.
—Peluca barata, gafas de farmacia y las manos temblando. —Ni saluda—. Déjeme adivinar. Niña de buena casa que amaneció sin plata.
Se me seca la boca. No contesto, y ella asiente sola, como si el silencio ya le hubiera respondido.
—No se ofenda, pero su tipo son las favoritas. —Abre una carpeta—. Las que de verdad lo necesitan negocian mejor. ¿Cuánto quiere pedir?
Y ahí me trabo, porque pensé en todo menos en el número. Y de golpe entiendo que el número es lo único que importa. Que no vine solo a escupirle en la cara a mi madre. Vine a salir de aquí con lo suficiente para que el día que necesite correr, pueda hacerlo sin pedirle un peso a nadie. Ese dinero es la única puerta que me queda, justo la que ella me está tapiando con la boda.
Respiro y suelto una cifra. Demasiado alta, a propósito.
Ella ni parpadea. Suelta una risita por la nariz.
—Por esa plata mis caballeros esperan una modelo con experiencia. No una virgen asustada que no sabe ni dónde poner las manos.
—Soy virgen y eso es lo que pagan, ¿no? Lo que no se consigue dos veces.
Levanta una ceja. Anota algo. Primer punto para mí, aunque debajo de la mesa me tiemblan las manos de miedo a que note que estoy inventando el aplomo sobre la marcha.
—Le doy la mitad. Y estoy siendo generosa.
—Entonces me llevo mi virginidad a otro club. Vi que hay varios.
Mentira. No vi nada, es el único anuncio que encontré, pero lo digo con la misma cara con la que mi madre firma sentencias, y funciona, porque la mujer se recuesta en la silla y me mira otra vez, ahora con algo parecido al respeto.
—Agallas para estar muerta del miedo. —Golpea la carpeta con una uña—. Bien. Le subo. Pero con mis reglas: usa lo que yo mande, tacón, maquillaje, y arriba una hora como mínimo. Mis clientes pagan por una noche, no por un susto de diez minutos.
—Acepto. Pero yo también tengo condiciones. Y esas no se negocian.
—Niña, aquí todo se negocia.
—Esto no. —Saco las manos, las apoyo en la mesa para que dejen de temblar—. Nadie me ve la cara. Ni el cliente. Máscara, oscuridad, lo que sea, no me importa cómo, pero mi cara no la ve nadie. Nunca.
Asiente despacio.
—Eso le da misterio a la subasta y les gusta. En el lote alto lo prefieren. ¿Qué más? Porque me mira como si lo bueno viniera ahora.
—No se habla.
Se queda quieta.
—Explíquese.
—Esa noche nadie dice una palabra. Ni él ni yo. Ni un nombre, ni un hola, nada. Si abre la boca, se acaba, y se queda sin lo que pagó.
Por primera vez suelta la pluma. Se toma su tiempo, me estudia como si le hubiera puesto un acertijo sobre el escritorio, y entiendo que esta es la parte donde de verdad me la juego, porque una cara tapada se vende fácil, pero una boca cerrada les quita a sus caballeros lo único que un hombre así no aguanta perder, que es que le respondan cuando hablan.
—Le voy a ser sincera —dice al fin—. La cara tapada es algo aceptable, el silencio no. A mis clientes les gusta oír, que la acompañante les ruegue, que les contesten y usted me está pidiendo que les quite justo eso.
—Les estoy dando algo mejor. —Ni sé de dónde saco la voz—. Una mujer que no van a olvidar, porque no van a poder ponerle ni cara ni nombre. Van a pasar meses tratando de adivinar quién fue. Eso vale más que un ruego.
Me mira largo. Y sonríe, por fin, la primera sonrisa de verdad, la de quien reconoce a alguien que juega su mismo juego.
—Puede que tenga usted más cabeza que las modelos con experiencia. —Cierra la carpeta, abre un cajón, desliza hacia mí una tarjeta negra con un número dorado en el centro y nada más—. Trato hecho. La cifra que pidió, completa. Se la paga el cliente esa noche, en efectivo, antes de subir. Aquí no hay transferencias ni nombres, el ganador de la subasta paga.
Agarro la tarjeta. Pesa más de lo que debería pesar un pedazo de cartón, o será que ya sé lo que significa.
—La noche es el viernes. A las nueve, por atrás. A partir de esa puerta usted no tiene nombre. Tiene ese número.
El viernes.
La boda es el sábado.
Casi me río en su cara. Mi madre no lo habría planeado mejor ni queriendo: rematada un día, entregada al siguiente, como si alguien allá arriba tuviera un sentido del humor tan negro como el mío. Me guardo la tarjeta en el bolsillo, contra el pecho, y salgo de ahí convertida en una cifra dorada, temblando todavía, pero por primera vez en la semana temblando por algo que decidí yo.







