Alessia Vittoria Bellerose
Nunca imaginé que el dolor pudiera traer tanta luz. Siempre pensé que el dolor era una puerta oscura. Una habitación cerrada. Un pasillo húmedo en el que una voz conocida se convertía en traición. Durante mucho tiempo, mi cuerpo aprendió a asociar el dolor con pérdida, con miedo, con manos que me sujetaban cuando yo quería escapar.
Pero aquella madrugada, cuando el primer dolor real me atravesó el vientre y me dejó sin aire, no pensé en Amara, ni en Isadora, ni en la