Dante Salvatore Valcárcel
Cargo a Alessia contra mi pecho como si el mundo entero pudiera arrancármela si aflojo los brazos un solo segundo.
Su cuerpo está tibio, demasiado débil, demasiado quieto para mi gusto. Tiene la cabeza apoyada en mi cuello y los dedos cerrados en mi camisa como si, incluso medio rota, incluso al borde del desmayo, todavía quisiera asegurarse de que soy real.
Soy real, estoy aquí, llegué tarde, pero llegué.
Y ese pensamiento me muerde por dentro con más crueldad que la