KATIA VEGA
Ante las advertencias de todos, corrí en busca de Marcos, saltando por los pedazos de madera hechos añicos en el suelo y las barricas que aún colgaban de la polea. —¡¿Marcos?! ¡¿Estás bien?! —grité angustiada, el polvo no me dejaba ver y mi corazón estaba a punto de salirse de mi pecho.
—¡Katia! —exclamó Rosa a mis espaldas, desesperada. Cuando volteé noté que señalaba arriba de mi cabeza. Uno de los barriles que no había caído, estaba listo para hacerlo.
Retrocedí un par de pasos,