EMILIA VEGA
—Era de mi abuela… —contestó Antonio con una sonrisa de medio lado—. Lo robé antes de huir de casa. Antes de ser declarado un maldito loco enfermo, me dijeron que ese anillo tenía que terminar en el dedo de la mujer correcta.
»Supongo que siempre supe que tú eras la correcta, de una u otra manera. —Entonces tomó mi mano y lo puso sobre mi palma—, pero aún no es el momento.
—¿Te quedarás? —pregunté con el corazón latiéndome en la cabeza.
Tomó mi rostro entre sus manos y pegó su fr