ARTURO VEGA
—¡Cara de perro! —exclamó Rosa entrando a la finca, lanzándose a mis brazos. La estreché con fuerza y giré con ella, hundiendo mi rostro en su hombro, sintiéndome bendecido por volverla a ver.
Cuando por fin dejé que sus pies tocaran el piso, me di cuenta de que no venía sola. Detrás estaba Héctor, dedicándome una mirada matadora, obviamente celoso.
—¿Qué pasó aquí? —pregunté confundido, queriendo encontrar una explicación en Rosa—. ¿No se supone que…?
—Hay problemas más graves… —r