KATIA VEGA
—Emilia… —pronuncié su nombre en cuanto la vi atravesando la puerta.
—¡Mami! —exclamó emocionada y se lanzó a mis brazos—. ¡No sabes cuanto te extrañé!
—Mi amor… —La estreché con dulzura y la llené de besos—. ¿Estás bien?
Mis ojos parecían insuficientes para poder valorarla. Tenía tanto miedo de que ese hombre la lastimara. Emilia dio un par de pasos hacia atrás y giró, luciendo su hermoso vestido que parecía nuevo.
—¡Estoy super bien! Toñito cuida muy bien de mí… —dijo con una gran