CAPÍTULO 6
La sala de espera VIP del Hospital Universitario Central parecía más un funeral anticipado que una reunión familiar.
Toda la familia De la Vega estaba allí. Habían pasado diez años esperando este momento, o quizás, esperando el desenlace fatal que les permitiera repartirse el imperio.
Rodrigo De la Vega, el primo perfecto, estaba sentado con una postura impecable, rodeado de su propia estampa de éxito: su esposa, una mujer de sociedad con sonrisa ensayada, y sus dos hijos casi adolescentes, que miraban sus teléfonos aburridos. Rodrigo tamborileaba los dedos sobre el reposabrazos de cuero, impaciente. Su mirada recorría el pasillo cada vez que se abrían las puertas del ascensor.
En el sofá contiguo, Eleonor y Ricardo, los padres de Alexander, susurraban entre ellos. Eleonor se retorcía un pañuelo de seda entre las manos. Durante una década, su hijo les había prohibido conocer a su esposa bajo el pretexto de respetar los deseos del abuelo y proteger su privacidad. Pero la me