CAPÍTULO 127
El teléfono no dejaba de sonar en la clínica veterinaria Flores, la sala de espera estaba llena de ladridos y maullidos, y el olor a café quemado se mezclaba con el de desinfectante.
— ¡Lucía! —exclamó Alina, tapando el auricular con la mano—. Tienes que salir. Es una emergencia.
Lucía se quitó los guantes y se lavó las manos rápidamente.
— ¿Qué pasa?
Alina le pasó el teléfono, pero antes de que Lucía pudiera agarrarlo, Alina lo retiró.
— Bueno, en realidad ya colgaron. Era el cap