85. Demostrar lo que ya era cierto
El cielo nocturno se cernía bajo mientras Emma estaba de pie en el balcón, sosteniendo una taza de té que empezaba a enfriarse. La ciudad abajo brillaba, pero su mente estaba tranquila: no vacía, sino ordenada. Como una mesa de trabajo recién despejada después de un largo proyecto.
Detrás de ella, James cerró suavemente la puerta de cristal, con pasos cuidadosos para no perturbar el silencio.
—¿Quieres compañía —preguntó, con una voz tan suave como el resplandor de las luces del salón—, o prefi