84. Un juego sin oponente
Emma no respondió de inmediato. Dejó la tableta sobre la mesa.
—Robar es una palabra demasiado fácil —dijo finalmente—. Y demasiado simple.
James se recostó contra la encimera de la cocina.
—Pero ese diseño es claramente tuyo.
—Lo era —corrigió Emma con suavidad—. Ya no.
James guardó silencio. Conocía a Emma lo suficiente como para entender que su calma no era negación, sino una decisión. Siempre sabía qué batallas valía la pena librar y cuáles debían soltarse antes de volverse tóxicas.
—¿No es