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5. Entre Hilos y Heridas

El estudio de diseño estaba en silencio aquella noche.

La lámpara colgante en el centro de la habitación brillaba tenuemente, dejando apenas una luz amarillenta que iluminaba la mesa de trabajo repleta de telas, bocetos y tijeras de hilo. Tras la ventana, el cielo oscuro sin estrellas parecía absorber la tristeza que, desde hacía varias semanas, atormentaba a Emma.

La mujer estaba sentada en su silla, con la espalda encorvada y los ojos cansados fijos en el trozo de tela color champán —resto del vestido que había llevado la noche de la celebración de su matrimonio—. Sus dedos temblaban al sostener la aguja, pero su mente vagaba hacia aquella noche. La noche en que su vida se hizo pedazos.

Emma aún podía escuchar el eco de la voz airada de Harry, el rostro de Sophie sonriendo con victoria mientras su matrimonio se desmoronaba ante el público. Desde entonces, Emma se encerró en el trabajo. Dormía apenas dos horas cada noche, comía lo mínimo. Intentaba ahogar el dolor con esfuerzo —coser, dibujar, crear—. Pero cada hilo que tejía era como si apretara más los recuerdos que no podía soltar.

Sobre la mesa, una taza de café frío la acompañaba. Hacía horas que no la tocaba. Su respiración era pesada, la cabeza le daba vueltas, pero se obligaba a seguir trabajando.

—Un poco más —susurró para sí—. Un poco más, debo terminar este pedido.

Pero su voz era débil, casi inaudible. Su cuerpo llevaba tiempo protestando.

Desde hacía dos días, Emma sentía náuseas y mareos, pero los ignoraba. Pensaba que era solo estrés y falta de comida. Ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que se sentó a disfrutar de una comida caliente. Solo existía trabajo, trabajo y más trabajo.

Emma volvió a inclinarse, añadiendo detalles de pedrería en la manga del vestido. Pero su visión comenzó a nublarse. La aguja se le escapó de la mano y cayó al suelo con un leve sonido. Su cuerpo se tambaleó. El mundo empezó a girar. Intentó levantarse, pero su cuerpo no respondió.

—No… ahora no… —murmuró.

Y todo se volvió oscuro.

Su cuerpo se desplomó sobre el suelo frío del estudio, con la tela color champán cubriéndole parte del rostro.

Mientras tanto, afuera del estudio, James acababa de estacionar su automóvil junto a la acera.

Observó desde lejos el pequeño edificio tenuemente iluminado y suspiró antes de bajar. Habían pasado casi tres semanas desde el incidente en la villa, desde que Emma rechazó su ayuda con palabras afiladas que aún resonaban en su mente.

«No necesito tu compasión, James. Sé cómo son los hombres como tú. Eres igual que Harry.»

Aquellas palabras hirieron su orgullo, pero James no se enfadó. Solo bajó la cabeza y se marchó aquella noche, dejando atrás a una mujer que claramente luchaba por impedir que el mundo se derrumbara ante ella.

Desde entonces, James vigilaba en silencio desde la distancia —asegurándose de que Emma estuviera a salvo, de que la luz de su casa siguiera encendida, de que nadie la molestara.

James sabía lo que era perderlo todo.

Por eso aquella noche había venido.

Solo quería asegurarse de que Emma cenara. Sabía que era demasiado orgullosa para pedir ayuda. Así que compró comida caliente en su restaurante habitual y pensaba dejarla frente a la puerta del estudio, sin hablar.

Pero al acercarse, vio algo que hizo que su corazón se acelerara.

La luz del estudio seguía encendida aunque ya había pasado la medianoche. La puerta no estaba cerrada.

—¿Emma? —llamó con cautela mientras golpeaba—. Soy James. Solo yo…

No hubo respuesta.

Empujó la puerta lentamente. Silencio. El olor a pintura y tela llenaba el aire. Entonces sus ojos captaron algo en el suelo. El cuerpo de una mujer.

—¡Emma! —exclamó, presa del pánico.

Corrió hacia ella. El cuerpo de Emma yacía débil entre los retazos de tela, su rostro pálido, la respiración entrecortada. James se arrodilló y le dio suaves palmadas en la mejilla.

—Emma, escúchame… despierta.

No hubo respuesta.

Tomó su mano —estaba fría. Su corazón latía con fuerza. Sintió el pulso en su muñeca, aún latía, pero débil. Sin perder tiempo, la levantó en brazos y la sacó del estudio.

Minutos después, James recostó a Emma en el sofá de su propia casa —una vivienda situada no muy lejos del estudio—. La cubrió con una manta y llamó a su médico personal.

—Se ha desmayado por agotamiento extremo —dijo el médico tras examinarla—. Tiene la presión baja y desnutrición. Necesita descanso absoluto al menos durante unos días. No permita que trabaje.

James asintió.

—De acuerdo, doctor. Gracias.

Cuando el médico se marchó, James se sentó en la silla junto al sofá, observando el rostro de Emma dormida. Ya no mostraba la firmeza que él veía en los eventos sociales, ni el orgullo ni la coraza que siempre la protegían. Solo quedaban restos de heridas y la frágil calma de alguien que llevaba demasiado tiempo luchando sola.

Miró sus dedos delgados. Recordó cómo ella rechazaba antes su contacto, cómo lo miraba con frialdad, como si fuera un enemigo. Pero aquella noche parecía tan frágil, como una flor que ha perdido la luz.

—¿Por qué tienes que cargar con todo esto sola…? —murmuró.

Se levantó, fue a la cocina y regresó con un cuenco de gachas calientes y un vaso de agua. Esperó junto al sofá hasta que Emma abrió lentamente los ojos.

La luz suave de la lámpara la deslumbró. Su visión estaba borrosa. Pasaron unos segundos antes de que comprendiera que ya no estaba en el estudio.

—¿Dónde estoy…? —su voz era ronca.

—En mi casa —respondió James con suavidad, acercándose con un vaso de agua—. Te desmayaste en el estudio. Te encontré en el suelo.

Emma se incorporó, sobresaltada.

—¿Me trajiste aquí?

James asintió y dejó el vaso sobre la mesa.

—Estabas inconsciente. No podía dejarte allí.

La expresión de Emma se tensó.

—Ya te dije que no necesito tu ayuda, James. No quiero que me compadezcan.

James la miró con paciencia.

—No te estoy compadeciendo.

—¿Entonces por qué? —su voz se elevó—. ¿Por qué venir en mitad de la noche solo para ayudarme? ¿Crees que soy una mujer débil que no puede mantenerse en pie sola?

James guardó silencio un instante. Respiró hondo.

Sabía que aquellas palabras no nacían del odio, sino de una herida demasiado profunda.

—Vine porque sé lo que es perder —dijo finalmente, con voz baja y sincera—. Sé lo que es luchar solo, aparentar fortaleza ante todos cuando por dentro estás a punto de romperte.

Emma apartó la mirada, conteniendo las lágrimas que de pronto amenazaban con caer.

—No sabes nada de mí.

James asintió despacio.

—Es cierto. Pero sí conozco ese dolor. Y no quiero que nadie más lo sienta como yo lo sentí.

El silencio envolvió la habitación. Solo se oía el tic-tac del reloj. Emma lo miró un instante y luego volvió a apartar la vista. Quería enfadarse, pero las palabras de James tocaban su corazón con suavidad.

James se levantó, dispuesto a marcharse. Antes de dar el primer paso, se volvió y añadió en voz baja:

—Si no me quieres aquí, me iré. Pero por favor… cuídate, Emma. Al menos come algo.

Dejó el cuenco sobre la mesa y caminó hacia la puerta.

Antes de cerrarla, una voz suave lo detuvo.

—James…

Se volvió. Emma seguía sentada en el sofá. Miró largo rato el cuenco, luego lo miró a él con una expresión más suave.

—Gracias.

James sonrió apenas —una sonrisa casi imperceptible, pero sincera.

—De nada.

Se marchó, dejándola sola con pensamientos confusos. Emma observó el cuenco frente a ella, tomó lentamente la cuchara y, por primera vez en mucho tiempo, comió.

Caliente. Suave. Y por un instante, aquella sensación la hizo sentir… que ya no estaba tan sola.

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