26. El Toque Asombroso
La noche ya había caído cuando su coche avanzó por la carretera en dirección a las montañas suizas. El aire afuera era limpio y frío, dejando una ligera neblina a lo largo del camino. Las luces de la ciudad, a lo lejos, parecían estrellas que descendían lentamente tras la bruma blanca.
Emma iba sentada en el asiento del acompañante, todavía con el mismo vestido que había llevado a la exposición. En su regazo descansaba una rosa blanca que Claudia le había regalado —un pequeño símbolo del éxito