139. Perdido

Adele los miró a ambos con una expresión difícil de leer—no era miedo, no estaba acorralada. Era más bien la mirada de alguien que ya había obtenido lo que quería.

—Son demasiado rápidos para acusar —dijo con calma—. No toqué a su hijo.

—Entonces ¿por qué un testigo te vio? —insistió James, con la voz baja y la ira contenida.

Adele alzó ligeramente un hombro en un gesto despreocupado.

—La percepción suele ser más peligrosa que los hechos. ¿No es eso algo que tú mismo dijiste alguna vez, James?

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