Solo con verlo, todo el cuerpo de Lucy se tensa. No necesita que abra la boca, ni que dé un paso hacia ella, ni que diga su nombre.
Basta con que esté de pie, a unos metros, respirando el mismo aire que ella, para que una corriente de rabia y repulsión le atraviese el pecho.
Es un rechazo visceral, tan inmediato y automático que hasta ella misma se sorprende de la intensidad.
¿Cómo fue posible que alguna vez se dejara engañar por esa sonrisa arrogante? ¿Cómo pudo haber sido su novia durante tanto tiempo, haberle dado acceso a su vida, a sus sueños, a su cuerpo?
Ahora, viéndolo ahí, con esa postura de suficiencia, se da cuenta de lo idiota que fue.
La irrita hasta los huesos, como si cada recuerdo compartido con él fuera una espina clavada en su piel.
El solo recordar los días en los que lo esperaba con ilusión, los mensajes llenos de promesas vacías que ella atesoraba, los besos que en ese entonces parecían sinceros y que ahora se revelan como falsos, le provoca un nudo en el est