La tensión se siente en todo el cuarto. Lucy observa a Justin y luego a Sawyer, y de Sawyer de nuevo a Justin.
Su corazón late desbocado, la adrenalina le recorre el cuerpo, y no puede creer que Sawyer esté sujetando por el cuello a su propio hijo.
Todo su ser grita por salir de allí, pero al mismo tiempo sabe que no puede apartar la mirada.
Es como si estuviera atrapada entre dos tormentas: la furia que hierve en su interior y el miedo de que la situación se salga de control.
Respirar el mismo aire que Justin la enoja; cada palabra que él pronuncia le atraviesa la mente como cuchillos.
¿Cómo pudo haber sido su novia durante tanto tiempo? ¿Cómo soportó su egoísmo, su arrogancia, su completa incapacidad de respetar a los demás?
Cada recuerdo que trae de su relación con él le quema la piel, la pone a temblar de ira y frustración.
Justin mira incrédulo a su padre, con los ojos desorbitados, y pregunta:
—¿Pero qué cojones estás haciendo?
Sawyer lo encara, con la cara roja de enojo,