El mundo parecía mucho más claro que horas atrás.
Lucy despertaba con la certeza de que había sobrevivido a algo que no alcanzaba a comprender del todo, y la calma se mezclaba con una extraña vulnerabilidad.
Sus dedos se entrelazaban con los de Sawyer, aferrándose a esa mano como si fuera su ancla en medio de la tormenta.
El alivio era inmenso: el bebé estaba bien, ella estaba bien, todo había salido como debía. Y sin embargo, había algo en el rostro de Sawyer que le provocaba un pequeño nudo en el estómago.
No era la típica sonrisa llena de confianza y calidez que solía regalarle; no, esta vez había una sombra atravesándole los ojos.
Intentaba disimularla, pero Lucy lo conocía demasiado como para pasarla por alto.
—Sawyer… —su voz sonó suave, aunque cargada de intención—. ¿Qué pasa?
Él giró la cabeza hacia ella, forzando una sonrisa casi imperceptible. —Nada, ¿por qué preguntas?
Lucy arqueó una ceja, mirándolo fijamente.
—No soy tonta. Y te conozco lo suficiente como para saber