El golpe de pánico fue instantáneo. Cuando Lucy se desplomó en sus brazos, la gravedad de la situación atravesó a Sawyer como un rayo.
Sintió cómo su corazón se encogía, una mezcla de miedo y urgencia que lo empujó a reaccionar sin pensar.
Su mente médica se activó al instante, pero sus emociones personales amenazaban con desbordarse.
Lucy, inconsciente, con el bebé dentro… cada segundo contaba.
—¡Llévenla al quirófano ahora! —gritó Sawyer, su voz firme y autoritaria, mientras el equipo médico reaccionaba al instante.— ¡Tengan cuidado, está embarazada!
El monitor mostraba signos de alerta: su presión arterial descendía, el pulso era irregular, y la respiración, superficial.
Cada dato le dolía a Sawyer como si fuera propio. La trasladaron rápidamente, con él sosteniéndola, asegurándose de que su cabeza estuviera bien apoyada y de que no hubiera compresión abdominal.
La adrenalina le corría por las venas mientras se movían por los pasillos del hospital.
—Tranquilos —ordenaba, contr