SAWYER.
Me había pasado unos días en esa desagradable prisión.
Unos días en los que me había sentido completamente miserable, en los que pensé que tal vez no volvería a ver la luz del día, pero ahora, en medio de la noche, nunca me había sentido mejor.
Había anhelado la luz del día y, de repente, me sentía el hombre más afortunado del mundo porque tenía a Lucy en la cama conmigo.
Conmigo.
El calor que emanaba su cuerpo y el olor a madreselva de su pelo me inundaron todos los sentidos.
Y, en